El dolor de una
petición a Dios
Te supliqué, lloré para que
estuvieras conmigo,
juré y prometí, me entregué con el deseo más
grande de mi corazón.
Mi cuerpo se desgarraba con tu
presencia.
Pedí que te adueñaras de mi vida.
Que bien lo has hecho, no has
permitido a mi corazón vivir en otro lugar,
nadie más quiere complacerse con mi
pasión,
mis ojos ya no están en la mente de
quien sea,
mi boca sedienta no encuentra la
forma de mojarse,
no hay besos con amor, sólo dolor y
olvido.
Mis manos no tienes apoyo y mis pies
no caminan en la imaginación de nadie.
Mi felicidad la han robado o, a lo
mejor, se extravió, no lo sé.
La obsesión que me retenía, hoy es
rechazo.
El cariño que tanto recibí, tanto me
sació, hoy se ha vestido de odio.
El tiempo que era para mi, todo el
tiempo,
ya no me pertenece, no es mío, ya no
lo tengo.
Ahora me he convertido en un ladrón,
por querer tener lo que no es mío,
aquel corazón,
esos ojos, esa boca, la vida. Ya...
ya no tengo nada.
Me has dado lo que te he pedido,
no has dejado que alguien me quiera
eternamente y,
cómo me duele; ¿por qué sufro si he
recibido lo que pedí?
Será que lo hice antes de conocerle?
Acaso estoy tan equivocado?
Te supliqué para que nadie se
enamorara de mi,
pero olvidé que yo aún podría enamorarme.
Le quiero, le deseo, por qué no puedo
hacerlo contigo
si me has guardado sólo para ti.
Estoy tan confundido, no sé a donde
ir, a donde mirar,
no sé si hablar o callar.
No sé por quién vivir...
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