En la bruma de una noche misteriosa,
con el aullido de un lobo furioso, y con la penosa vida de un desgraciado,
se escribe la trágica ilusión de un pobre hombre,
que amó sin ser amado.
Él, que antes veía más allá de la montaña que lo abriga,
hoy sólo ve los recuerdos de su amor,
y digo “su amor” porque nunca ha sido de nadie más,
pues nunca lo recibió quien lo hizo surgir.
Mientras el corazón forjaba toneladas de amor,
su alma y su cuerpo recibían cariño, mucho cariño.
Él recibía todo lo que deseaba,
de esa forma decidió entregar todo su ser, lo daría todo.
Poco a poco, pero con prontitud logró lo que quería;
se entregó con los ojos cerrados y los brazos abiertos.
Fue tan feliz, es feliz,
pues haber amado con todo su ser le hizo enloquecer de pasión,
le hizo experimentar la vida, la muerte,
la victoria y el fracaso, la ira y la tranquilidad.
Le hizo vivir en plenitud.
Todas la emociones, sentimientos,
tristezas y experiencias que alguien pueda tener,
él las ha vivido, y lo ha hecho por amor,
porque amó sin pensar en él, amó sin medir lo que le pertenecía o era ajeno,
lo que necesitaba o deseaba.
Amó amando, incluso, odiando, todo su ser fue entregado.
Su gran pena, desgracia y eterna maldición,
llegó el día en que su amor fue devuelto.
Él nunca pensó en recibirlo nuevamente.
Aquel amor sólo espera ser reclamado
por aquella persona a quien siempre le ha pertenecido.
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